NOS SALUDAMOS
NOS SERENAMOS
Antes de hablar o escuchar, necesitamos preparar el corazón. Necesitamos un momento para entrar en calma, dejar a un lado lo que nos distrae y abrirnos a lo que Dios quiere decirnos hoy.
- Siéntate derecho en la silla.
- Cierra los ojos un momento y respira profundamente tres veces.
- Imagina que con cada respiración dejas a un lado el cansancio, las prisas o las preocupaciones, y que en tu interior se enciende una luz que te llena de paz.
- Quédate en silencio unos segundos y abre tu corazón a lo que vas a ver y escuchar.
- Así, como estás ahora, Dios te quiere y te habla...
Por eso, comenzamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.
HOY LA PALABRA DE DIOS NOS DICE…
Evangelio según san Mateo 25,1-13
Palabra del Señor
Gloria a ti Señor Jesús.
REFLEXIONAMOS
A primera vista, la parábola que nos cuenta Jesús en el Evangelio parece hablar solo de estar atentos. Pero en realidad Jesús nos está hablando de algo mucho más profundo: de cómo vivimos cada día.
Las jóvenes prudentes no hicieron nada espectacular. Simplemente fueron previsoras y se prepararon. Del mismo modo, la vida cristiana no se construye con grandes gestos aislados, sino con pequeñas decisiones diarias: estudiar con esfuerzo, ser sinceros, ayudar a quien lo necesita, rezar, cumplir nuestros compromisos y hacer el bien, aunque nadie nos vea.
El aceite de las lámparas puede representar todo aquello que vamos acumulando en nuestro corazón: bondad, generosidad, fe, servicio, amistad y amor. Ese "aceite" no se consigue de repente; se va llenando poco a poco con nuestras acciones de cada día.
Jesús nos invita a preguntarnos si estamos viviendo de manera superficial o si estamos construyendo algo sólido dentro de nosotros. Cuando lleguen los momentos importantes de la vida, no bastarán las excusas. Lo que contará será el corazón que hemos cultivado y el compromiso con el que hemos vivido.
¿Qué estoy haciendo cada día para llenar mi lámpara de buenas acciones y de amor?
REZAMOS JUNTOS
CONSAGRACIÓN A LA DIVINA PASTORA
Divina Pastora, Madre mía,
yo hija/o tuya/o me ofrezco a ti
y te consagro para siempre
todo lo que me queda de vida.
Mi cuerpo con todas sus miserias,
mi alma con todas sus flaquezas,
mi corazón con todos sus afectos y deseos.
Todas mis oraciones, trabajos, amores,
sufrimientos y combates;
en especial mi muerte con todo lo que le acompañe,
mis últimos dolores y mi última agonía.
Madre, acuérdate de esta/e tu hija/o
y de la consagración que te hace.
Y si yo, vencida/o por el desaliento y la tristeza,
llegara alguna vez a olvidarme de ti,
te pido por el amor que tienes a Jesús
me protejas como hija/o tuya/o
hasta que esté contigo en el cielo.
Amén.
NOS DESPEDIMOS
Madre Divina Pastora, ruega por nosotros.
San José de Calasanz, san Faustino Míguez y beata Victoria Valverde, rogad por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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